El marido ató a su esposa a un árbol en el bosque de abetos y se fue. En su propio velorio, ella apareció en el salón.

 

 

"¿Cómo te llamas?", preguntó el hombre en voz baja. "Me llamo Yegor, soy el guardabosques local. Este es Jack, mi perro. Te encontró".

"Alice...", susurró, aún sin creer que estuviera viva. "Mi marido... quería matarme."

Yegor frunció el ceño, pero no insistió en el tema de inmediato. La ayudó a ponerse de pie con cuidado; le temblaban las piernas y no le respondían. La sostuvo mientras caminaban lentamente por el estrecho sendero hacia la pequeña casa de madera, que parecía una verdadera salvación para Alice.

La habitación era cálida y acogedora. Olía a madera y hierbas silvestres. Yegor la sentó en un cómodo sillón junto a la chimenea, curó las heridas de sus muñecas y le sirvió té caliente con miel y hierbas.

"Bebe", dijo solícito. "Te ayudará a calmarte. Ya estás a salvo".

Alice tomó su primer sorbo y sintió paz por primera vez en horas. Él no hizo preguntas innecesarias ni exigió detalles. Simplemente estaba allí. Su voz, su confianza, la reconfortaron. Sintió que podía volver a confiar en la gente.

Al día siguiente, Alisa le contó su historia. Cómo conoció a Sergey en una cena de negocios y se enamoró. Cómo perdió a su padre en su juventud y heredó su negocio. Sobre el acuerdo prenupcial que supuestamente la protegería, pero no lo hizo.

"Papá decía que el dinero atrae a la gente peligrosa", suspiró, mirando fijamente las llamas de la chimenea. "Pero yo era demasiado ingenua para entenderlo".

Yegor escuchaba en silencio, añadiendo leña al fuego solo de vez en cuando. Ella vio comprensión y profundo dolor en sus ojos. Él también sabía lo que era la traición.

"Siento mucho que hayas tenido que pasar por esto", dijo finalmente. "Pero estás viva. Y eso significa que tienes una segunda oportunidad".

 

 

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