El marido ató a su esposa a un árbol en el bosque de abetos y se fue. En su propio velorio, ella apareció en el salón.

Alice recuperó la consciencia poco a poco, sintiendo cómo el miedo le recorría el cuerpo. La cabeza le partía de dolor, insoportable, y sentía en la boca un sabor metálico: una mezcla de sangre y algo amargo. Yacía sobre un frío suelo de hormigón, cubierta de moho y una película de humedad. Una tenue bombilla parpadeaba sobre ella, proyectando sombras amenazantes sobre las paredes grises.

Al intentar moverse, se dio cuenta de que tenía los brazos y las piernas fuertemente atados con una cuerda áspera que se le había clavado en la piel. El pánico la atenazaba. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta allí? Alice miró a su alrededor: las mismas paredes grises, las mismas tuberías oxidadas y un charco de agua en la esquina estaban ante sus ojos. Un sótano cualquiera, pero para ella, se había convertido en una celda.

Intentó recordar lo sucedido. Fragmentos de recuerdos le cruzaron por la mente: el rostro de Sergei, el dolor en el cuello, la oscuridad... Las lágrimas le corrían por las mejillas al darse cuenta de lo desesperada que se había vuelto la situación. Sus pensamientos eran confusos, el miedo paralizaba sus movimientos y un sudor frío le corría por la espalda. Su memoria parecía nublada; un zumbido sordo llenaba su cabeza, y cada respiración era trabajosa, como si el aire se hubiera vuelto demasiado denso.

Hace tres días, Alice regresó temprano a casa. Quería sorprender a su esposo comprándole sus pasteles favoritos y una botella de buen vino. Abrió la puerta silenciosamente con la llave y oyó la risa de una mujer proveniente del dormitorio. Todo en su pecho se congeló, dejando tras de sí un vacío gélido.

Sergey estaba en la habitación con otra mujer, una hermosa rubia de unos treinta años. Estaban tan absortos en su conversación que no la notaron de inmediato. Su esposo se levantó de un salto, intentando explicarle algo, pero Alisa se dirigió silenciosamente a la salida. La bolsa de pasteles se le resbaló de las manos y cayó al suelo.

—¡Espera! —gritó, poniéndose la bata—. ¡No es lo que crees!

—¿Y entonces qué pasa? —preguntó Alice, deteniéndose en la puerta. Su voz era tranquila, pero con un toque de firmeza.

Sergei dudó, eligiendo sus palabras, claramente tratando de descubrir cuál era la mejor manera de salir de esa situación.

 

 

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