Su hija.
Elena también se llamaba Elena. Y ella, doctora, siempre tenía un turno más, un paciente más, una urgencia más. Se convenció de que salvar vidas era suficiente para justificar perder la suya.
Hasta que un día llegó tarde.
Hasta que no hubo segunda oportunidad.
Elena tragó saliva.
—No, cariño —prometió—. No me voy a ir a ninguna parte.
Cuando llegó Rebeca López, trabajadora social del DIF, entró con una sonrisa entrenada y un portapapeles.
—Hola, Lilia. Estoy aquí para ayudarte. ¿Dónde vives?
Lilia se pegó a Elena sin decir una palabra.
Rebeca intentó con papel y colores.
—¿Me dibujas tu casa?
Silencio.
Mientras Rebeca hablaba de protocolos, Elena notó que Lilia había vaciado su mochila sobre la cama: una lata vacía de frijoles, tres cabos de vela, una manta delgada… y varios dibujos doblados tantas veces que el papel se deshacía.
—¿Puedo verlos? —preguntó Elena.
Lilia dudó. Luego se los entregó.
Elena sintió que se le congelaba la sangre: una casita, una mujer tirada en el piso; la niña tocando puertas con enormes X; una figura sola en la oscuridad sosteniendo algo pequeño. En uno, con letra temblorosa, una sola palabra: AYUDA.