A Elena se le fracturó algo por dentro, un lugar que creyó endurecido para siempre.
—Eres muy valiente —le dijo, forzando una sonrisa—. ¿Cómo te llamas?
—Lilia Beltrán.
En ese instante, el bebé soltó un llanto débil, quebradizo… pero vivo.
Ese sonido llenó la sala como una plegaria.
Elena cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió, vio a Juana secarse una lágrima con el dorso de la mano. Nadie celebró fuerte; solo respiraron. A veces la alegría en un hospital es eso: aire que vuelve.
—Se va a llamar Mateo —dijo Juana al ver el papel dentro de la mochila: un acta improvisada, un nombre escrito con urgencia.
La directora del hospital, la doctora Patricia Huerta, apareció con el rostro tenso.
—Esto va a ser complicado, Elena —murmuró, llevándola aparte—. DIF, fiscalía, custodia, prensa si se enteran…
Elena apenas escuchó. Estaba mirando a Lilia, acurrucada en la esquina con el dibujo arrugado entre los dedos.
Se acercó y volvió a arrodillarse.
—Lilia… hoy salvaste a tu hermano. De verdad. Lo trajiste a tiempo.
Lilia levantó la mirada, con unos ojos demasiado grandes para tanta tristeza.
—¿Usted también me va a dejar?
Esa frase atravesó a Elena como un bisturí.
Le recordó otra habitación, otro hospital, otra mano pequeña que alguna vez pidió lo mismo.