La niña tragó saliva. Sus ojos estaban llenos de un miedo adulto, de esos que nadie debería aprender tan pequeña. Aun así, con cuidado, transfirió el bulto a las manos expertas de Elena.
Al tocar al bebé, Elena sintió un golpe en el pecho: estaba helado. Pero hubo algo más que le encendió todas las alarmas.
El cordón umbilical todavía estaba ahí.
—Juana… —dijo sin apartar la vista—. Este bebé nació hace muy poco. Prepara reanimación. Calentadores. Todo.
Mientras el equipo se movía, Juana tomó la mochila gastada que colgaba de los hombros de la niña.
—¿Cómo te llamas, cielo? ¿Puedo ayudarte con tu mochila? —preguntó con suavidad.
La niña asintió sin hablar.
Juana abrió el cierre esperando encontrar juguetes, galletas… algo infantil. En su lugar, se quedó sin aire: envuelta en tela manchada de sangre, había una placenta, aún conectada a un tramo de cordón.
—Doctora… —susurró Juana, pálida—. Tiene que ver esto.
Elena solo alcanzó a mirar un segundo antes de volver al bebé. La realidad se clavó como una espina: ese nacimiento no había sido en un hospital, ni con ayuda. Había sido en algún lugar oscuro, improvisado… y el bebé estaba pagando el precio.
El equipo trabajó frenético. Bolsas de calor. Mascarilla. Estimulación. El silencio pesaba como concreto.
La niña se quedó en una esquina, inmóvil, como si moverse pudiera romper algo.
—¿Dónde está tu mamá, cariño? —preguntó Elena sin dejar de trabajar.
La niña apretó un papel arrugado en el puño.
—Mami fue a buscar ayuda hace tres días… —dijo al fin—. Nunca regresó. Me dijo que cuidara al bebé. Lo intenté… de verdad lo intenté… pero hoy dejó de llorar y me dio miedo.
Tres días.
Una niña de seis años sola con un recién nacido.