El bebé del jefe de la mafia llora sin parar cuando lo tocan, hasta que una pobre enfermera hace lo inimaginable.
El grito atravesó la mansión como una hoja de metal rasgando el aire. Rebotó en los muros de mármol crema, trepó por los techos artesonados con oro viejo y se quedó suspendido, insoportable, como si el dolor tuviera eco propio.
No era el llanto caprichoso de un bebé mimado.
Era sufrimiento puro.
En el centro de aquella opulencia obscena, el pequeño Emiliano Montoya, de diez meses, se retorcía en su cuna tallada a mano en madera de ébano. La cobija —seda finísima con bordados de hilo dorado— le rozaba la piel y su cuerpo entero reaccionaba como si lo hubieran quemado. Sus dedos se cerraban en puños diminutos; sus mejillas, rojas; los ojos, inundados.
A un costado, Sebastián Montoya miraba por la ventana, inmóvil, con la rigidez de un hombre acostumbrado a que el mundo se doblegue. Su traje impecable no disimulaba el cansancio. Su fortuna —dicen— rebasaba los cuatro mil millones de pesos, y su apellido abría puertas en oficinas y cerraba bocas en callejones. Pero ahí, frente a su hijo, se veía derrotado.
Quince especialistas habían pasado por esa misma habitación: pediatras de hospitales privados en Monterrey, neurólogos que volaban desde Europa, alergólogos con currículums más largos que la autopista a Toluca. Todos cobraron, todos llenaron expedientes, todos dijeron lo mismo:
—Clínicamente, está perfecto. Los estudios salen normales.
Y el grito seguía.
En un sillón, Valeria Torres, madre de Emiliano, ex modelo de pasarelas internacionales, no era ya la mujer de portada. Tenía el cabello recogido sin cuidado, una bata de diseñador arrugada y manchas de café en la manga. Sus ojeras parecían tinta. Llevaba siete semanas sin dormir más de una hora seguida.
—Esta es la última —dijo Sebastián, con la voz tensa como alambre—. Si esta enfermera sale igual que los otros… nos lo llevamos a donde sea. Y si nadie me da respuestas, juro que voy a… —se tragó la amenaza, pero la casa entera la entendió.
Afuera, tras el portón de hierro que parecía custodiado por dragones dormidos, subía por la pendiente un coche viejo, blanco, con los faros opacos y el motor tosiendo. No era camioneta blindada, no era sedán alemán. Era un Tsuru 2009 que sonaba a vida trabajada.