El amuleto del abuelo Domovey

 

Con un suspiro de impotencia, Arina le metió una cucharada de miel en la boca a su hija, le dijo que la chupara, la cubrió con un abrigo de piel de oveja extra y volvió a la cama. Pero no podía dormir. Por la mañana, el estado de Alenka empeoró. Su madre, para cuidarla, la trasladó a su propia cama. Ni los frotamientos de vinagre, ni las infusiones de hierbas, ni la mermelada de frambuesa la ayudaron. Hacía un frío glacial y el hospital del distrito estaba a más de una hora a pie. Tikhon temía llevar a la niña en el carrito, temiendo un resfriado aún peor. Durante dos largas noches, Alenka dio vueltas en la cama con fiebre, delirando, respirando cada vez con más dificultad, cada vez más ronca. Parecía que no le quedaba espacio para el aire en los pulmones.

Arina estaba sentada cerca, impotente, limpiando la frente ardiente de su hija con un paño húmedo y susurrando desesperadamente oraciones mezcladas con conjuros. Alenka, mientras tanto, desvaneciéndose en el olvido, sentía que la vida se le escapaba lentamente de su pequeño cuerpo. Ya no podía gritar, no podía moverse. Y en ese momento de absoluta impotencia, sintió que alguien le hacía cosquillas en los talones, ligeras e insistentes. Sacando fuerzas de alguna parte, levantó la cabeza, pesada como el hierro.

A sus pies se encontraba un hombrecillo bajo y fornido, ligeramente más alto que un gato. Parecía hecho completamente de musgo enmarañado y madera vieja: peludo, peludo, con una barba espesa y despeinada del color del centeno maduro. Vestía una camisa roja tejida a mano, y bajo sus pobladas cejas, unos ojos severos, pero nada enojados, como el carbón, miraban fijamente a la niña. Alenka no tenía miedo. En absoluto.

"¿Qué te pasa, pequeño cabrón? ¿Estás intentando vomitar?", gruñó con voz ronca, como el crujido de un viejo tocón de árbol.

Alenka no pudo responder, su lengua no obedecía.

"Bueno, ya basta", refunfuñó el hombrecillo. "Están en huelga. Levántense mañana, no hay necesidad de lamentarse".

Colocó algo suave a sus pies, se dio la vuelta y se desvaneció en el aire, como el humo de la petaca de su abuelo. Alenka se desplomó sobre la almohada y al instante cayó en un sueño profundo, reparador y reparador.

 

 

⬇️Para obtener más información, continúa en la página siguiente⬇️

Leave a Comment