La gente se apartó para dejarme pasar, reconociéndome quizás como el empresario Ricardo Moreno.
Frente a mí, la pintura. Era hiperrealista, oscura y dolorosamente detallada. Era un retrato.
En el centro del lienzo, estaba yo. Joven, con el rostro duro y el traje caro. Pero en lugar de mostrarme en mi oficina, el artista me había retratado sentado en un sillón de cuero viejo, con una expresión de desprecio congelada. A mi lado, de pie, estaba la figura del niño, Samuel, con la mochila desgastada, bajando la cabeza. Detrás de él, la puerta abierta a una noche fría y sin estrellas.
El título, escrito en una placa de bronce pulido, no dejaba lugar a dudas: “La Expulsión”.
Sentí que todos los ojos del lugar se posaban sobre mí. Sofía me susurró: “¿Quién es ese hombre horrible?”
“Soy yo,” le respondí con la garganta seca.
Entonces, Samuel apareció. Ya no era el niño frágil. Era un hombre alto, con una expresión seria y esos ojos oscuros que yo recordaba, pero ahora llenos de una fuerza y talento innegables. La gente estalló en aplausos, dirigiéndose a él como “Maestro Samuel”.
Se acercó a mí con calma, con una sonrisa que no era de afecto, sino de triunfo.
“Bienvenido, Ricardo,” dijo con la voz profunda. “Espero que te guste el retrato. Es un momento que marcó mi vida. ¿La recuerdas?”
No podía hablar. Solo asentí con la cabeza.
Parte IV: El Milagro del ADN
Samuel se dirigió a la multitud. “Esta obra representa el momento en que me convertí en artista. Cuando perdí todo, lo gané todo. La soledad, el frío, la lucha… eso me dio mi voz.”