Y un día, exactamente diez años después, mi teléfono sonó. El número era desconocido.
—Hola, señor. ¿Estaría usted disponible para asistir a la inauguración de una galería de arte este sábado? Alguien realmente quiere que esté allí.
Estaba a punto de colgar, irritado por el spam, cuando la voz al otro lado dijo algo que heló mi sangre, interrumpiendo mi fría indiferencia:
—¿Quiere saber qué pasó con el niño al que abandonó hace tantos años?
Mi pulso se aceleró. —¿Quién es usted?
—Solo un mensajero, señor. La galería se llama Memoria Rota. El artista principal es un joven llamado Samuel. Le aseguro que su obra más importante está dedicada a usted.
El nombre… Samuel. El huérfano. ¿Había sobrevivido? ¿Y se había convertido en un artista? ¿Quería confrontarme?
La curiosidad maligna pudo más que el sentido común. Decidí ir a la galería. Tenía que ver su rostro, entender por qué me invitaba a su triunfo, o si era una trampa.
Parte III: La Humillación en la Galería
El sábado por la noche, llegué a la galería con mi prometida, Sofía. El lugar era chic, moderno, lleno de gente elegante, críticos y coleccionistas. Mis instintos de hombre de negocios me decían que este “Samuel” era, de hecho, alguien importante.
Recorrimos las salas, observando el arte abstracto y oscuro. Pero en el centro, bajo un foco potente y aislado por un terciopelo rojo, había una sola pintura, más grande que todas las demás, con una multitud silenciosa reunida alrededor.