—Está durmiendo.
Y cerró.
Mientras me daba vuelta, escuché una voz masculina dentro del departamento.
No era televisión.
Era una voz real.
Lorena siempre decía que vivía sola con el niño.
Me fui… pero esa vez la duda me acompañó hasta casa.
La promesa que me mantuvo ciego
Mi hijo Gabriel había “muerto” en un accidente laboral lejos de la ciudad. Nunca vimos el cuerpo. Solo papeles. Solo una urna.
Mi esposa Elena nunca se recuperó del golpe. Hablaba con esa urna como si él pudiera oírla. Yo tampoco tuve valor de abrirla. Para nosotros era sagrada.
Cuando Elena enfermó y murió meses después, yo me quedé solo… y Lorena apareció con la carpeta de deudas.
Acepté ayudar.
Así pasaron los años.
La vecina que habló
Dos días después de aquella visita, mi vecina Marta vino a buscarme.
—Héctor… lo vi varias veces —me dijo—. Siempre entra de madrugada. Sale antes del amanecer. Usa llave.
Me describió su forma de caminar.
Pierna izquierda rígida. Hombro caído.
Gabriel había quedado así tras un accidente años atrás.
Sentí un frío que no era de invierno.