Disfrazado De Chofer, Un Millonario Oye A Su Prometida Decir La Verdad Sobre Él

 

 

 

Valeria soltó una risita breve, complacida.

—Exacto. Cada cena aburrida es un Cartier. Cada fin de semana en casa, un viaje a Bora Bora.

Javier tragó saliva. Sintió náuseas. Quiso frenar, girarse, gritarles que era él, que las escuchaba. Pero algo lo mantuvo quieto: una necesidad cruel de oírlo todo, de no dejar espacio a la negación.

Valeria bajó la voz, como compartiendo un tesoro.

—Ayer me mencionó algo de un prenupcial, “por tradición familiar”. ¿Puedes creerlo?

Pamela se inclinó, interesada.

—¿Y qué hiciste?

Valeria se rió, orgullosa.

—Lo de siempre. Lágrimas, voz rota, “¿no confías en mí?”. El tonto se disculpó. Dijo que tenía razón. Que no habría prenupcial. Y luego… —hizo una pausa teatral— …sexo de reconciliación. Fue demasiado fácil.

Carmina soltó un “¡Reina!” como si estuviera aplaudiendo una jugada maestra.

Javier sintió que se le aflojaban los músculos de la cara bajo los lentes. No lloró. Todavía no. Pero algo se rompió adentro, con un crujido invisible.

Pamela, más pragmática, preguntó:

—¿Y qué harás después? Porque si te divorcias muy pronto, te quedas corta.

Valeria respondió sin dudar:

—Primeros cinco años: esposa perfecta. Sonrío en fotos, aguanto cenas, finjo interés en su fundación. Y sí… —la voz se volvió fría— …tengo que tener hijos. Dos mínimo. Tres si puedo soportarlo. Eso asegura más.

 

 

 

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