Javier casi se desvía. El claxon de un auto lo devolvió al carril. El semáforo se puso en rojo. Su corazón latía demasiado rápido. Pensó en todas las noches hablando de nombres de bebés, de cuartos infantiles, de “nuestra familia”. Para ella no era amor. Era estrategia.
Carmina preguntó, con curiosidad morbosa:
—¿Y el abogado ese… Rodrigo?
Javier sintió que el aire se doblaba.
Valeria soltó una risa breve.
—Rodrigo es… divertido. Pura pasión. Todo lo que Javier no es. Pero es pobre. Sirve para ahora. Ya luego se verá. Cuando me case, tendré que dejarlo… al menos un rato.
Pamela sonó preocupada:
—¿Y si Javier se entera?
Valeria se rio como si le hubieran preguntado si temía a la lluvia.
—¿Javier? Es confiado. Vive en su oficina. No sospecha nada. Además, sus empleados me adoran porque les doy propinas… con su dinero. Hasta Don Nacho me cubre.
Eso fue peor que todo.
Don Nacho, el hombre que había sido un tío para él… ¿la cubría?
El semáforo cambió a verde. Javier avanzó, rígido. Por primera vez, se permitió mirar el retrovisor. Vio a Valeria hermosa, radiante, riendo sin remordimiento. No parecía una villana. Parecía alguien disfrutando un chisme. Y eso lo desarmó más: la crueldad casual.
Durante el resto del trayecto, Valeria confesó detalles: cómo lo investigó antes de conocerlo, cómo planeó conversaciones para parecer compatible, cómo fingió amar sus pasiones. Cada “coincidencia” había sido un guion.