—¿A dónde, señoritas? —preguntó Javier, con voz plana.
—A Masaryk, y luego a Antara —respondió Valeria sin mirarlo.
Javier arrancó.
Los primeros minutos fueron conversación trivial: tráfico, clima, una influencer. Javier casi se relajó.
Entonces Carmina soltó, como quien comenta el menú:
—Oye, Vale, ya casi te casas con el cajero automático, ¿no?
Las tres se rieron. No una risa leve. Una carcajada limpia, sin culpa.
Javier sintió un golpe en el estómago. Sus dedos se cerraron sobre el volante. Pero mantuvo la mirada en la calle. “Es broma”, se dijo. “Es humor tonto”.
Valeria suspiró con satisfacción.
—Ya era hora, la verdad. Dos años fingiendo interés por sus historias de hoteles… —y soltó una risita—. Debería darme un premio.
El mundo se apagó por un segundo. Como si el sonido del tráfico se hubiera alejado.
Pamela añadió, con un tono que pretendía ser amable:
—Bueno, al menos está guapo.
—Sí, guapo y… manejable —dijo Valeria—. El sexo es aceptable. Lo malo es lo demás: es tan predecible. Parece un contador de cincuenta atrapado en el cuerpo de un hombre de treinta y seis.
Carmina aplaudió, divertida.
—Pero, mi amor, ¿quién necesita espontaneidad cuando tienes tarjetas ilimitadas?