Mi Mercedes negro con cristales tintados entró en la propiedad saltándose el control de seguridad. Mis guardaespaldas bajaron primero. Yo bajé después. Llevaba un traje de chaqueta color marfil, tacones de aguja y una actitud que gritaba poder.
Entré en el salón de piedra justo cuando el cuarteto de cuerda empezaba a tocar. El silencio fue instantáneo.
—¿Qué haces aquí? —gritó Viviana, perdiendo su compostura—. ¡Seguridad! ¡Sacad a esta loca!
—Esta “loca” es la dueña de la finca —dije con voz calmada, proyectándola para que todos me oyeran—. Y vengo a desalojar a los ocupas.
Saqué las escrituras de mi bolso.
—Esta propiedad pertenece a la herencia de Marcos Álvarez. Yo soy su única hija. Lleváis casi un año viviendo aquí y celebrando fiestas sin contrato y sin pagar. Fuera.
Los murmullos de los invitados eran como un zumbido de abejas. Leandro estaba pálido como un muerto. Calista, con su vestido de novia de 20.000 euros, parecía a punto de vomitar.
—Estás mintiendo —siseó Viviana.
—Y no solo eso —continué, ignorándola—. Tengo aquí a la Guardia Civil. Parece que desviar 5 millones de euros de una fundación infantil para pagar tu estilo de vida es un delito grave, Viviana.
En ese momento, los agentes de verde entraron por las puertas laterales. El flash de los fotógrafos de la prensa rosa, que estaban allí para cubrir la “boda del año”, se volvió frenético. Capturaron el momento exacto en que esposaban a la gran dama de la sociedad madrileña.
—¡Leandro, haz algo! —gritó ella.