Me acerqué a mi exmarido. Él me miró con terror.
—Serafina, por favor… podemos hablar.
—Hablamos cuando me diste los papeles sobre mi vientre abierto, Leandro. Tú elegiste a tu madre. Tú elegiste el dinero. Ahora no tienes ni madre ni dinero.
Rebeca apareció a mi lado con una orden judicial.
—Señor Quintana, se le notifica que la custodia provisional de la menor Clara Álvarez revierte inmediatamente a su madre debido a la situación legal de su familia y el riesgo de fuga.
Mis guardaespaldas fueron a la sala contigua donde tenían a Clara con una niñera. Me la trajeron. La abracé, oliendo su pelo, sintiendo su peso. Era mía. Por fin.
—Tienes 30 días para sacar tus cosas de mi casa en La Moraleja —le dije a Leandro, que lloraba en silencio—. Después, demoleré la mansión. No quiero que quede ni una piedra de vuestra miseria.
Salí de allí con mi hija en brazos, pasando por delante de una Calista destrozada y una Viviana que gritaba amenazas mientras la metían en el coche patrulla.
Las semanas siguientes fueron una carnicería legal. Demandé a los Quintana por todo. Daños morales, abandono, fraude. Recuperé hasta el último céntimo que habían gastado de mi padre. Viviana fue condenada a 18 años de prisión. Leandro, arruinado y humillado públicamente, acabó viviendo en un pequeño apartamento de alquiler en la periferia, trabajando como administrativo.
Cumplí mi promesa. Demolí la mansión. Yo misma apreté el botón. En su lugar, construí el “Centro Clara”, una fundación para madres solteras y mujeres en riesgo de exclusión. Un lugar donde nadie sería juzgado por no tener dinero, donde ninguna madre tendría que elegir entre su dignidad y su hijo.
Me mudé a Málaga, buscando el sol y el mar. Compré una casa blanca con vistas al Mediterráneo. Allí, Clara creció feliz, lejos del escándalo, corriendo por la playa.