La ironía era tan dulce que casi me emborrachó. Me habían llamado “muerta de hambre” mientras vivían bajo mi techo gratis.
—Y una cosa más —dijo Gregorio, bajando la voz—. Su padre estaba investigando a Viviana Quintana antes de morir. Ella gestionaba una fundación benéfica con él. Tengo pruebas de que lleva quince años malversando fondos. Millones de euros robados a niños enfermos para pagar sus joyas y sus fiestas.
Ahí estaba. La llave de mi celda y el arma para mi venganza.
—Necesito seis semanas —dije, sintiendo cómo la vieja Serafina moría y nacía una nueva, hecha de hielo y fuego—. Seis semanas para curarme, para prepararme y para planear mi regreso. ¿Cuándo es la boda de Leandro con Calista?
—Han anunciado la fecha para dentro de mes y medio. Quieren hacerlo rápido para “legitimar” a la nueva madre de la niña.
—Perfecto —sonreí por primera vez en años—. Vamos a ir de boda.
Pasé esas seis semanas transformándome. Con el dinero de emergencia que liberó Gregorio, alquilé un ático en el centro. Contraté a los mejores nutricionistas para recuperar mi fuerza, a estilistas para cambiar mi imagen de “ratoncita” a “ejecutiva tiburón”, y lo más importante, a Rebeca Cano, la abogada de familia más despiadada de España.
—Vamos a presentar la demanda de custodia la misma mañana de la boda —dijo Rebeca—. Y entregaremos las pruebas de fraude a la Fiscalía Anticorrupción al mismo tiempo. Cuando digan “sí, quiero”, la policía ya estará en camino.
Aprendí a caminar con la cabeza alta. Aprendí finanzas. Aprendí a usar mi dolor como combustible. Conseguí visitas supervisadas con Clara en un punto de encuentro familiar neutral. Verla me dio la fuerza que me faltaba. Ella estaba bien, pero me necesitaba.
El día de la boda llegó. Era en una finca exclusiva a las afueras de Madrid. 500 invitados. Lo más granado de la sociedad. Leandro esperaba en el altar, sudando. Viviana se paseaba como una reina.