Cuando Javier me agarró del cabello y me arrastró por el pasillo, supe que aquella noche no iba a terminar como las otras. Ya no era solo gritos ni empujones. Sentí el golpe seco cuando me lanzó contra la pared y, antes de que pudiera protegerme, escuché un crujido horrible en mi pierna derecha. El dolor fue tan intenso que me dejó sin aire. Caí al suelo, temblando, mientras él seguía gritándome que todo era mi culpa, que yo lo había provocado.
Nuestra hija Lucía, de cuatro años, estaba parada en la puerta del dormitorio, abrazando a su muñeca. Tenía los ojos enormes, llenos de miedo. Yo sabía que Javier podía volverse aún más violento si la veía llorar, así que hice lo único que se me ocurrió. Levanté la mano con dificultad y toqué dos veces el suelo con los dedos. Era nuestra señal secreta, la que habíamos practicado como si fuera un juego.
—Ve a llamar al abuelo —le susurré con la poca voz que me quedaba—. El número secreto.
Javier se rió, pensando que yo deliraba. Se fue a la cocina, furioso, dando portazos. Lucía corrió hacia el teléfono fijo del pasillo, ese que él nunca usaba. Con manos torpes, marcó los números que había memorizado. Cuando mi padre contestó, ella dijo la frase exacta que le habíamos enseñado:
—Abuelo, mamá parece que se va a morir.
Yo estaba tirada en el suelo, mareada, con la pierna en una posición imposible. Cada segundo se hacía eterno. Escuché a Javier volver y vi su sombra acercarse otra vez. Se inclinó sobre mí, apretándome la cara con la mano, y me amenazó con que si hablaba, nadie volvería a ver a mi hija.
En ese instante, desde la calle, se oyó una sirena lejana. Javier se quedó quieto, escuchando. La sirena se acercaba cada vez más. Su expresión cambió del desprecio al pánico. Yo cerré los ojos, sin saber si llegarían a tiempo, mientras los golpes en la puerta retumbaban como un trueno.
La policía entró junto con los paramédicos y todo ocurrió muy rápido. Javier intentó explicar, mentir, decir que había sido un accidente. Pero mi padre ya estaba allí, señalándolo con una rabia contenida que nunca le había visto. Yo apenas podía hablar, pero mis lágrimas, mi pierna rota y el miedo de Lucía lo decían todo.
En el hospital me operaron esa misma noche. La fractura era grave y necesitaría meses de rehabilitación. Mientras despertaba de la anestesia, vi a mi padre sentado a mi lado, sosteniéndome la mano. Me dijo que Lucía estaba bien, que no se había separado de él ni un segundo. Fue entonces cuando entendí que había hecho lo correcto.