Casi me convierto en asesino. Sucedió una noche, mientras conducía por una carretera desierta, y a la luz de los faros de un coche vi algo que casi cambió mi vida por completo.
Iba conduciendo mi vieja camioneta, un anciano con una larga trayectoria en la carretera, cuando algo me llamó la atención. Los faros se reflejaban en una cadena metálica que recorría la carretera, una advertencia ominosa. El corazón me dio un vuelco y frené a fondo. Ese momento quedará grabado para siempre en mi memoria.
Tengo 70 años. Llevo casi 50 años en la carretera. Estoy acostumbrado a aguaceros, nevadas y nieblas densas donde solo se ven las manos. Lo he visto todo: desde accidentes hasta turnos nocturnos interminables, pero nunca me he sentido como esa noche.
Los faros iluminaron una figura en la carretera. Pensé que era un animal. Alguien había abandonado a un perro o un gato, o tal vez era un animal salvaje. Pero al acercarme, me di cuenta de que era mucho peor.
Una niña pequeña, de apenas un año, gateaba por la cuneta. Llevaba un pañal, su piel blanca como la nieve, y un collar alrededor de su cuello. Este collar no era solo un adorno. Era grueso y de cuero, como el de un perro de pelea. Una cadena se arrastraba por el suelo. A lo lejos, los coches pasaban a toda velocidad, esquivándolos, pero ninguno se detenía.
No sabía qué hacer. La niña gateaba por la carretera, llorando, con las rodillas sangrando. Estaba completamente sola. Como si supiera que yo aparecería. Como si me estuviera esperando específicamente.
Me acerqué y vi su rostro en la oscuridad. Sus ojos oscuros, cubiertos de lágrimas, parecían extraños, casi animales. Pero lo que vi a continuación me heló el corazón.
Las manos de la niña estaban quemadas, como si alguien las hubiera mantenido en el fuego durante mucho tiempo. Quemaduras de cigarrillo... eran profundas, antiguas, como cicatrices. Y algo andaba mal con la cadena. Estaba rota, como si la niña hubiera escapado de un lugar terrible. Lloraba y me miraba, como si esperara mi ayuda.
En ese momento, sentí una fría oleada de miedo que me invadió. No podía ser casualidad. Mi intuición no me había engañado. Sabía que algo andaba mal. Mi mente susurró: «No confíes en esto. Es demasiado raro».