“Alto. No la entierren. Su hija sigue con vida.” Un niño negro sin hogar corrió hacia el ataúd y reveló una verdad horrible que dejó al millonario sin palabras.

 

 

Jace permaneció en silencio, con las manos entrelazadas, como intentando no interrumpir el dolor de un hombre rico. Por fin se acercó un médico con bata blanca.

—Está estable ahora —informó—. A su hija le indujeron un coma. Sus signos vitales fueron malinterpretados. Este chico la mantuvo con vida… al hablar.

Preston se volvió hacia Jace con incredulidad y gratitud.

—Cuéntame más sobre el hombre que viste —dijo Preston.

Jace asintió.

—Llevaba un abrigo oscuro. Tenía una cicatriz cerca de la ceja. La metió a empujones en una furgoneta plateada. Memorisé la matrícula. Lo hago para seguir con vida.

Preston contuvo la respiración.

—¿Cuál era el número?

Jace lo repitió con claridad.

Preston sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Conocía esa matrícula. Pertenecía a Morton Keene: su socio de toda la vida, su asesor, el hombre que había insistido en que el funeral se hiciera rápido para evitar la atención de los medios.

La traición le nubló la vista.

—Lo hizo para mantener el control de mis acciones —murmuró Preston—. Quería destruirme.

A la mañana siguiente, Preston estaba sentado junto a la cama de Talia. Su rostro era impasible, pero sereno. Jace esperaba en silencio cerca de la puerta.

—Jace —dijo Preston—. ¿Me ayudas a hundirlo?

Jace asintió sin dudar.

—Por ella. Sí.

Los investigadores llegaron en cuestión de horas. Revisaron las grabaciones de seguridad del club y encontraron un registro de la furgoneta de Morton en el callejón.

Aparecieron más pruebas en los registros financieros. Morton tenía mucho que ganar con la caída de Preston.

 

 

 

 

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