Hablaba poco, su rostro estaba marcado por el dolor.
Sin embargo, Ellie notó el tierno cariño que mostraba a sus hijos, a pesar de su apariencia ruda.
Una tarde notó que ella tenía problemas para cargar leña.
Sin decir palabra, se quitó el peso de encima. "No tienes que hacer todo esto solo", dijo con voz ronca.
Era la primera vez que le hablaba con afecto, y Ellie sintió un destello de esperanza.
La vida en las montañas era dura.

El cuerpo de Ellie dolía por las tareas domésticas: acarrear agua, fregar los suelos, cocinar sobre la hoguera.
Pero se negó a quejarse.
Observó a Caleb trabajar incansablemente, y los rostros hambrientos de los niños le daban sentido a todo.
Un día, Mia enfermó con fiebre.
Ellie permaneció despierta toda la noche, refrescándose la frente con toallitas húmedas.
Caleb la mira en silencio, su mirada se suaviza.
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