El juez levantó la vista hacia Adrián.
—Licenciado… ¿usted leyó el contrato completo? En especial el anexo C.
Adrián tragó saliva.
—Su señoría… asumimos que era estándar. El señor Salgado presentó las condiciones iniciales…
El juez miró a Santiago.
—Señor Salgado… estos números de patente… ¿sabe de quién es el nombre registrado en el algoritmo base de Salgado Tech?
Santiago se burló.
—Mío, por supuesto. Yo lo programé.
Elena habló, suave y letal.
—Tú diseñaste el “diseño” de la aplicación, Santiago. La interfaz. Lo bonito.
Pero el corazón del sistema… el algoritmo que hizo millonaria a tu empresa… lo escribí yo.
Santiago soltó una risa nerviosa.
—¡Eso es absurdo! ¡Tú no sabes ni—
El juez levantó una mano, cortándolo como cuchillo.
—No. No es absurdo.
Levantó el documento.
—Aquí dice que la autora original del algoritmo es Elena Román Valdivia.
El nombre cayó como una bomba.