Una semana después, el auditorio del municipio estaba a reventar. Periodistas, vecinos, familiares, policías con uniforme impecable. En el escenario, la bandera de México y el escudo del estado.
El comisario tomó el micrófono.
—Hoy no estamos aquí por una operación planeada ni por un operativo perfecto —dijo—. Hoy estamos aquí porque una niña de diez años y su perro nos recordaron qué significa el verdadero valor.
Llamó a Renata por su nombre completo. Las manos le sudaban cuando subió al escenario. Leticia y Diego aplaudían con los ojos brillosos. Max iba junto a ella, con un collar nuevo azul marino.
El comisario se agachó un poco para quedar a su altura.
—Renata Herrera Morales —dijo—. En nombre de la corporación, de estos dos oficiales y de toda la gente que se beneficiará de que la verdad saliera a la luz, te entregamos esta medalla al valor ciudadano.
Colocó una pequeña medalla dorada sobre su chamarra. Tenía un escudo y la palabra “VALOR”.
Luego se volvió hacia Max.
—Y a ti, agente canino honorario Max —anunció, arrancando una risa general—, esta placa por tu olfato, tu coraje… y por recordarnos que los héroes también caminan en cuatro patas.
Le colgó una medallita con forma de huella en el collar. Max ladeó la cabeza, sin entender gran cosa, pero moviendo la cola con tanta fuerza que casi tira al comisario.
Los aplausos llenaron el lugar.
Renata abrazó a Max, hundiendo la cara en su pelaje.