"No... no, no", susurró, retrocediendo, abrazándose. “No te conozco. No sé dónde estoy. Quiero ir a casa… por favor, llévame a casa…”
A James se le encogió el corazón. No le tenía miedo a él; le tenía miedo a todo.
¡Mamá! ¡Dios mío, mamá! —sollozó—. Me desperté y la puerta estaba abierta... ¡Mamá, pensé...!
Se le quebró la voz antes de poder terminar.
Margaret parpadeó, confundida solo un instante, antes de que la reconociera levemente. "¿Eres... mi hija?"
La mujer se arrodilló y la abrazó temblorosamente. "Sí, mamá. Sí. Me mataste del susto".
James se levantó solo cuando Margaret extendió la mano hacia su hija. Retrocedió lentamente, dándoles espacio, dándoles ese momento de alivio que ninguna olvidaría.
La hija se giró hacia él, intentando hablar, pero la emoción se tragó sus palabras. Solo logró susurrar: "Gracias. Gracias. Podría haber... cualquier cosa podría haber pasado..."
James negó con la cabeza suavemente.
"No", dijo. "Solo necesitaba que alguien la acompañara hasta que se sintiera a salvo de nuevo".
Los paramédicos tomaron el relevo, envolviendo a Margaret en una manta cálida y revisando sus signos vitales, pero James se quedó hasta que ella estuvo dentro de la ambulancia, hasta que le dedicó una pequeña sonrisa cansada, una que indicaba que ya no tenía miedo.
Cuando las puertas se cerraron y el vehículo se alejó, la calle volvió a quedar en silencio.
Solo James. La acera vacía. La farola aún parpadeante.
Pronto recibiría otra llamada. Siempre llegaban.
Pero por un momento, se permitió respirar.
Esta noche, no había impedido un crimen. No había realizado un arresto.
Simplemente había protegido un alma, una vida preciosa que flotaba en la niebla del recuerdo, que necesitaba amabilidad más que nada.
Y eso, pensó mientras volvía a su patrulla, era...