Una velada que parecía perfecta.
La cena fue extravagante en todos los sentidos: filete de primera calidad, langosta preparada exquisitamente, guarniciones especiales, postres elaborados que ni siquiera pudieron terminar por completo.
Charlaron y rieron juntos, grabando su primer apartamento diminuto, el viaje por carretera en el que su vehículo se averió en medio de la nada, la mascota que decían que adoptarían “algún día pronto”.
Ella realmente pensó que este era finalmente el momento que había estado esperando.
Cuando llegó la cuenta a su mesa, ni siquiera la miró. Estaba demasiado concentrada en intentar calmar su respiración y los latidos acelerados de su corazón.
Tomó la factura y la examinó.
Luego lo colocó justo entre ellos sobre la mesa.
—El total son trescientos ochenta dólares —dijo con naturalidad, como si estuviera hablando del tiempo—. Vamos a dividirlo en partes iguales.
Parpadeó, segura de haber entendido mal.
“¿Qué dijiste?”
—Dividámoslo —repitió con calma—. Me parece lo más justo.
Ella lo miró fijamente, tratando de comprender lo que estaba sucediendo. Él había planeado toda aquella velada tan elaborada. Había elegido aquel restaurante tan caro. Había insistido en la selección de vinos costosos.
Él era quien repetía una y otra vez: “Esta noche va a ser especial”.
¿Y ahora esperaba que ella aportara ciento noventa dólares?