—Cógelo —susurró—. Ya sabrás cuándo usarlo.
Intenté devolvérselo. Se negó. Y antes de que pudiera comprender la situación, las puertas se abrieron tras de mí.
El coste inmediato de un impulso espontáneo
Mi gerente estaba en la puerta. Traje perfecto. Expresión severa.
Observó la escena un momento antes de declarar, sin rodeos, que ese tipo de comportamiento era incompatible con la imagen de una empresa "profesional". Unos minutos después, estaba empacando mis cajas.
Me encontré en la acera, desempleado, sin chaqueta, agarrando una moneda deslustrada en la palma de la mano. La mujer me miró con una intensidad renovada.
"Sabías lo que hacías", repitió con calma.
En ese momento lo dudé seriamente.
Dos semanas de incertidumbre y cuestionamientos

Las semanas siguientes se me hicieron interminables. Solicité decenas de empleos, fui a entrevistas y vi cómo mis ahorros se reducían. Cada noche, me preguntaba si este generoso impulso no había sido el mayor error de mi vida.
Entonces, una mañana, una pequeña caja cubierta de terciopelo me esperaba frente a mi puerta.
Sin tarjeta. Sin firma.
Se me aceleró el pulso al cogerlo. En el lateral, una estrecha abertura me intrigó. Me recordó vagamente a algo.
La obra.
El descubrimiento que lo cambió todo