Cuatro horas.
Cuatro horas Sebastián condujo por las mismas calles de Monterrey, mientras Lupita, atrás, cambiaba pañal en el asiento como podía, le daba mamila, cantaba, acomodaba cobijas, limpiaba babita, sonreía cansada. Nunca pidió descanso. Nunca se quejó. Nunca dijo “no puedo”.
Cuando Camila llamó por fin, no preguntó por Mateo. Ni una sola vez.
Solo dio la dirección del siguiente lugar.
Tres días después ocurrió el momento que rompió todo.
Camila quiso ir a una privada donde vivía una amiga. “Rápido, nada más paso a saludar”. Exigió salir temprano. Sin carriola.
Sebastián, aún como chofer, se atrevió a recordarle:
—Señorita, el asiento del bebé es obligatorio por ley.
Camila lo miró con fastidio, pero cedió.
La visita fue breve. Camila bajó y entró. Lupita se quedó atrás con Mateo. A la vuelta, el bebé venía inquieto, cansado, llorando cada vez más fuerte.
Cuando llegaron a la cochera de la mansión, el llanto se volvió grito. El eco rebotó en las paredes de concreto.
Camila bajó primero, irritada, como si el llanto fuera una humillación.
En vez de cargar a su hijo, abrió la cajuela, miró el interior vacío y dijo, con frialdad:
—Ahí está oscuro y silencioso. Se calma más rápido. Tengo llamadas urgentes. Mételo ahí.
El tiempo se detuvo.
Lupita se quedó helada, con Mateo llorando en brazos. Su cara pasó de incredulidad a miedo. Era el tipo de orden que no se puede “interpretar”. Era clara. Cruel.
—Señorita… no… —balbuceó Lupita.