Un caso demasiado perturbador para Netflix: El maestro crió a su hijo para torturar esclavos…

Harlon eligió primero a uno de los niños mayores, un joven de 12 años llamado Marcus, que había sido atrapado tomando harina de maíz extra del almacén de raciones. La ofensa era menor, pero la lección no. Marcus fue atado al poste. Harlon le entregó a Caleb una vara de caña delgada, del tipo usado para correcciones menores en lugar de las pesadas correas de cuero que podían romper la piel.

—Tres golpes —dijo Harlon—. ¡Firme! ¡Haz que lo sienta!

Caleb descendió de la galería. Sus manos temblaban. La caña se sentía imposiblemente pesada. La espalda de Marcus estaba desnuda, ya marcada con viejas cicatrices de castigos anteriores. Caleb levantó la vara y la dejó caer. El golpe fue débil, vacilante. Marcus se estremeció, pero no emitió sonido.

—Otra vez —dijo Harlon—, más fuerte.

El segundo golpe fue mejor. Una línea roja floreció a través de los hombros de Marcus. Todavía ningún sonido. Caleb miró a su padre. Harlon asintió. El tercer golpe aterrizó con fuerza genuina, y Marcus jadeó; una aguda inhalación de aliento que trató de tragar pero no pudo ocultar del todo.

—Bien —dijo Harlon.

Desataron a Marcus y seleccionaron a otro niño. Trabajaron a través de la fila esa mañana. Cada niño recibió tres golpes. Cada vez, la puntería de Caleb mejoraba. Para el quinto niño, ya no buscaba la aprobación de su padre después de cada golpe. Para el sexto, estaba ajustando su agarre para maximizar el chasquido de la caña.

Josiah fue el último. El niño caminó hacia el poste sin que se lo dijeran, se posicionó correctamente y agarró la madera con ambas manos. Tench ató sus muñecas con eficiencia practicada. La espalda de Josiah estaba sin marcas. Era lo suficientemente joven y tranquilo como para no haber ganado aún un castigo serio. Su piel se estiraba tensa sobre costillas que se mostraban demasiado claramente.

Caleb levantó la caña. Tres golpes entregados con creciente confianza. Las líneas rojas aparecieron claras y precisas. Los dedos de Josiah se apretaron en el poste. Su respiración cambió, controlada, pero más rápida. Apretó la mandíbula, pero no emitió sonido. Ni un jadeo, ni un gemido, nada.

Harlon se dio cuenta. Se acercó más, estudiando a Josiah con la atención que usualmente reservaba para juzgar la carne de caballo. De nuevo, le dijo a Caleb:

—Tres golpes más, más fuerte ahora.

Los nudillos del niño se pusieron blancos en el poste. Sus hombros temblaron con el esfuerzo de quedarse quieto, pero su garganta permaneció en silencio.

—Interesante —murmuró Harlon.

Desataron a Josiah y despidieron a los niños de regreso a los barracones. Las manos de Caleb estaban ampolladas por agarrar la caña. Su fiebre se había roto durante la sesión de castigo, el sudor empapaba su camisa a pesar de la hora temprana. Se veía más fuerte de lo que había estado en semanas, sus ojos más brillantes, su postura más erguida.

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