Cada palabra impactó con precisión.
—Quédate en casa —dijo secamente—. No me esperes despierta. Y no llames.
Salió, dejando a Mara sola en la habitación silenciosa, con el vestido rojo doblado en su regazo como un sueño que ya no le permitían tener.
El Gran Salón resplandecía de opulencia y celebración. Las luces de cristal se reflejaban en los pisos pulidos y las risas se escuchaban con naturalidad entre las copas de champán.
Leo llegó no solo, sino con Sheila, su secretaria, y mucho más. La presentó con confianza como su "compañera", disfrutando de las miradas de aprobación.
“Lo has hecho muy bien, Leo”, dijeron sus compañeros, admirando a Sheila.
—Como es debido —respondió con suficiencia—. Sobre todo cuando estás a punto de convertirte en vicepresidente.
Más tarde en la noche, relajado por el alcohol y el ego, Leo habló con más libertad de la que debería.
“La mejor decisión que he tomado”, dijo con naturalidad a un grupo cercano. “Dejar atrás a mi ex. Un peso muerto. Un lisiado. No podía ayudar en casa, no podía ayudar en ningún sitio. Escapé justo a tiempo”.
Siguieron risas.
Leo nunca notó el silencio detrás de la cortina cerca del escenario
Cuando la música se suavizó, el director ejecutivo dio un paso adelante y tomó el control de la sala.
“Damas y caballeros”, dijo, “antes de anunciar el ascenso de esta noche, debemos reconocer a alguien sin quien esta empresa no existiría. Durante la pandemia, esta persona salvó a Apex Global. Es nuestro accionista mayoritario silencioso, con el sesenta por ciento de la empresa”.
Leo se enderezó. ¿Sesenta por ciento? Su pulso se aceleró.
“Demos la bienvenida”, anunció el director ejecutivo, “a nuestra presidenta… la Sra. Mara Consunji-Velasco”.