No durmió esa noche.
Vigiló cada segundo.
Más grabaciones, más noches.
Grace le leía a Oliver.
Le secaba las lágrimas, se defendía de las enfermeras groseras.
Incluso discutía con los médicos para asegurarse de que recibiera la atención adecuada.
No era solo una criada, era la protectora de su hijo, su madre disfrazada.
Y todo este tiempo él había estado ciego.
El momento decisivo llegó un martes lluvioso.
Oliver estaba sufriendo una convulsión.
El personal médico reaccionó demasiado tarde, pero la cámara mostró a Grace entrando corriendo, sujetándole la cabeza y susurrando, “Quédate conmigo, cariño.
Te cuidaré.