Ocho años después, en una sofocante mañana de abril, la señora Elena estaba sentada en la puerta de su panadería cuando escuchó el motor de una camioneta pick-up vieja detenerse. Un grupo de jóvenes entró a comprar agua y conchas. Ella apenas prestó atención, hasta que su mirada se detuvo: en el brazo derecho de uno de los hombres, se veía un tatuaje con el retrato de una niña.
El dibujo era simple, solo delineaba un rostro redondo, ojos brillantes y el cabello trenzado. Pero para ella, era demasiado familiar. Sintió un pinchazo en el corazón, sus manos temblaron y casi se le cae el vaso de agua fresca. Era la cara de su hija: Sofía.
Incapaz de contenerse, se atrevió a preguntar:
— Mi hijo, este tatuaje… ¿quién es?
El hombre dudó un poco, luego sonrió forzadamente:
— Ah, solo una conocida, Señora.
La respuesta agitó el alma de la señora Elena. Trató de preguntar más, pero el grupo de jóvenes pagó rápidamente y encendió el motor de la camioneta, perdiéndose en el tráfico de la CDMX. Ella corrió tras ellos, pero solo alcanzó a ver la matrícula antes de que se mezclaran con la multitud.
Esa noche, no pudo dormir. La imagen del brazo con el rostro de su hija la obsesionaba. ¿Por qué un extraño se tatuaría la imagen de Sofía? ¿Qué relación tenía con su hija?
Al día siguiente, decidió ir a la estación de policía (La Comisaría) para contarles lo sucedido. Al principio, todos pensaron que era solo una coincidencia, que el tatuaje podría ser de cualquier niña. Pero la señora Elena insistió: “Soy su madre, no puedo confundirme. Esa es mi hija“.
La policía tomó nota de la información y acordó ayudar con la verificación. La señora Elena también comenzó a preguntar a su alrededor, pidiendo a los vendedores de tacos y a los conductores de pesero (autobús pequeño) que estuvieran atentos.