Y aunque en el etiquetado diga “80% carne magra, 20% grasa”, la verdad es que ese porcentaje no garantiza calidad, ni que se trate de carne fresca recién molida. Muchas veces, estas mezclas provienen de carne que ya fue congelada, descongelada, procesada y nuevamente empacada.

El tema del color: un engaño visual
¿Te has fijado que la carne molida del supermercado siempre tiene un color rojo intenso y parejo? Parece señal de frescura, ¿no? Pues en realidad, muchas veces se logra ese color con la ayuda de aditivos y gases como el monóxido de carbono, que ayudan a que la carne luzca “fresca” durante más tiempo, incluso cuando ya ha comenzado a deteriorarse internamente.
Este tipo de tratamiento no solo enmascara la verdadera edad de la carne, sino que también impide que el consumidor pueda detectar señales claras de descomposición, como el cambio de color o el mal olor.

Riesgos para la salud
Al estar compuesta por partes de múltiples animales y pasar por tantos procesos, la carne molida puede ser más vulnerable a la contaminación cruzada, especialmente con bacterias como E. coli y salmonella. De hecho, los brotes de enfermedades alimentarias por carne molida no son tan raros como se piensa, y muchas veces se deben a una cadena de producción poco higiénica o mal controlada.