La pelirroja chistó con asco y se fue. Santiago tomó la maleta de Rocío y señaló la camioneta.
—Es una hora hasta el rancho. No han comido desde el desayuno.
En el camino, nadie habló. Los cerros se alargaban como sombras. Cuando por fin apareció el rancho sobre una loma, parecía firme: granero sólido, casa de madera fuerte. Pero al acercarse, Rocío vio la verdad: ropa amontonada en el porche, el huerto comido por maleza, gallinas sueltas como si ya nadie mandara en nada. El rancho se estaba muriendo despacito.
Santiago bajó la mirada.
—No es mucho. No he tenido tiempo… ni cabeza.
—No está mal —dijo Rocío—. Es duelo.
Eso le cambió algo en los ojos a Santiago, como si alguien por fin hubiera nombrado lo que él llevaba adentro.
La casa por dentro era un caos: platos apilados, polvo, juguetes regados, ropa de bebé por todas partes. Pero la estructura era buena, y Rocío lo supo con esa intuición de gente que ha sobrevivido. Santiago le mostró un cuartito junto a la cocina.
—Era el cuarto de los peones. Tiene llave por dentro.
—Gracias.
Emilia estaba en la puerta mirándola con ojos de adulta chiquita.
—No te vas a quedar —soltó sin rodeos—. Todas se van.
Rocío se arrodilló a su altura.
—Yo no soy “todas”.
—Eso mismo dijo la anterior —respondió Emilia sin pestañear.
Rocío sintió un filo en la garganta. Cinco mujeres en cuatro meses, pensó. No era raro que esos niños parecieran fantasmas.
—No tienes que creerme —dijo Rocío—. Solo déjame intentar.