“Ella no me dio de comer.”
“Ella me encerró.”
“Ella lastimó a Mateo.”
Y Alejandro, el hombre que cerraba tratos de millones, siempre lo había guardado en la cajita de “celos de niña” o “adaptación difícil”.
Desde que Raquel, su primera esposa, murió después del parto de Mateo, Alejandro vivía en un luto borroso. Dos años en los que casi no pudo mirar a sus hijos sin sentir que la ausencia le apretaba el cuello. Y Casandra llegó como un parche brillante: elegante, comprensiva, sonriente en cenas de beneficencia, impecable en fotos.
Perfecta.
O eso creyó.
Arrodillado en ese piso frío, Alejandro vio de golpe lo que no quiso ver.
Un moretón morado en el brazo de Sofía, con forma exacta de dedos adultos.
Mateo se encogió cuando Casandra lo acomodó.
Y ese terror en los ojos de su hija… no venía de una caída.
—Dame a Mateo —dijo Alejandro. La voz le salió baja. Peligrosa.
—Yo puedo sostenerlo, amor. Está muy alterado—
Casandra titubeó apenas. Algo frío, calculador, le cruzó la cara y desapareció como un relámpago.
Le entregó al bebé con un cuidado exagerado.
Y en cuanto Mateo sintió el pecho de su papá, volvió el grito. Como si por fin se hubiera permitido decir: me duele.