No es un milagro, respondió Valeria. Es solo amor. Alguien debió dárselos desde el principio. La tercera semana, Santiago le confesó su secreto. Estaban regando las plantas cuando el niño dijo en voz tan baja que Valeria casi no lo escuchó. A veces pienso que si fuera mejor, papá querría estar en casa. Valeria dejó la regadera. Mira esta planta”, señaló un girasol pequeño que apenas asomaba de la tierra. ¿Crees que necesita ser diferente para que el sol la ilumine?
Santiago negó con la cabeza. No. El sol brilla en todas las plantas. Exacto. Y un papá que ama bien brilla en todos sus hijos sin importar como sean. Si tu papá no está, no es porque tú no seas suficiente, es porque él olvidó cómo brillar. Y si nunca recuerda, entonces nosotros seremos tú sol hasta que lo haga. Santiago la abrazó con tanta fuerza que casi la tira al suelo. Diego observaba desde la puerta. Cuando Valeria lo miró, él se acercó lentamente.
¿Puedo decirte algo que nunca le dije a nadie? Claro. Creo que mamá se fue porque éramos tres. Si solo hubiera sido uno de nosotros, tal vez se hubiera quedado. Valeria sintió que se le partía el alma. Ven aquí”, abrió sus brazos. Diego se resistió solo un segundo antes de dejarse abrazar. Mateo y Santiago se unieron y los cuatro quedaron en un nudo de brazos y lágrimas en medio del invernadero. “Su mamá no se fue por ustedes”, dijo Valeria con voz firme.
“Se fue porque no supo amar y eso fue su error, no el de ustedes. Ustedes tres son un regalo. Juntos son más fuertes. Juntos son perfectos. No nos sentimos perfectos”, susurró Mateo. “Lo sé, por eso vamos a hablar con alguien que nos ayude a sentirnos mejor.” “¿Un doctor?”, preguntó Santiago con miedo. No, alguien mejor. Alguien que siempre escucha y nunca juzga. ¿Quién? Dios. Los tres niños la miraron confundidos. “Dios habla, preguntó Diego. Si tú le hablas primero, sí.” ¿Cómo?
Es fácil. Solo le cuentas tu día, le dices gracias por lo bueno, le pides ayuda con lo difícil, le dices tus miedos y él contesta, “No con palabras que escuches con los oídos, pero sí con paz que sientes aquí.” Valeria tocó su propio pecho. En el corazón, Mateo frunció el ceño. ¿Podemos intentarlo? Claro que sí. Esa noche, después del baño y la cena, Valeria los reunió en su habitación con las tres camas juntas. ¿Listos para intentar? Los tres asintieron nerviosos.