Un día, mientras Lucas dormía, Emma me preguntó:
—Mamá… ¿por qué nadie escuchó antes?
No supe qué responder.
Tal vez porque escuchar de verdad requiere detenerse. Y nadie se detuvo.
Desde entonces, no ignoro ruidos extraños. Ni miradas insistentes. Ni voces pequeñas.
Porque a veces, la verdad no grita.
Solo llora bajito.