Ethan salió primero. "Hola, Caleb", dijo con dulzura.
Caleb sonrió tímidamente. "Hola".
Ethan se volvió hacia mí. «Esta es mi esposa, Anna».
Me acerqué y le ofrecí una cálida sonrisa. "Hola, cariño".
“Hola”, repitió suavemente.
Pasamos la tarde charlando. Almorzamos en un restaurante cercano. Caleb se mostró brillante y torpe, con esa dulce personalidad de preadolescente. Habló del club de robótica, de aprender a programar y de sus clases favoritas.
Y en algún lugar entre sus bromas nerviosas y su curiosidad silenciosa, algo dentro de mí cambió.
La ira no había desaparecido, pero se había suavizado.
Mientras conducía a casa, Ethan me tomó la mano.
“Gracias”, susurró.
—No hace falta que me des las gracias —respondí—. Las familias no son perfectas. Pero tienen que ser honestas.
Él asintió y la esperanza brilló en sus ojos.
Esa noche, no se retiró a la habitación de invitados.
Regresó a nuestra cama.
Sin fingir. Sin excusas. Solo los dos en la oscuridad, uno al lado del otro otra vez. Escuché su respiración y me di cuenta de que ya no estaba preparada para el impacto.