Entonces recordé las llaves de repuesto que había escondido años atrás detrás de los libros de cocina.
Mis manos temblaban cuando recuperé uno.
Me quedé afuera de la puerta, con el corazón latiéndome con fuerza. Por un segundo, dudé.
¿Qué pasa si me equivoqué?
Pero las semanas de distancia y puertas cerradas habían erosionado mi paciencia.
Giré la llave.
La cerradura hizo clic.
Abrí la puerta una rendija.
Ethan estaba sentado en el escritorio, con la laptop brillando contra su rostro cansado. Había papeles esparcidos por todas partes. Contenedores de comida para llevar. Su teléfono cargándose.
Y en la pantalla—
Docenas de pestañas.
Correos electrónicos. Plataformas de pago. Mensajes.
Y una foto.
Un niño. De unos doce años. Cabello castaño. Sonrisa cálida.
El mismo hoyuelo en la barbilla que Ethan.
“¿Ethan?” susurré.
Giró como si lo hubieran electrocutado.
¿Anna? ¿Qué haces despierta?