—Cierren la puerta.
Un silencio denso cayó sobre todos.
—Y llamen a seguridad —añadió—. Luego, contacten a la policía.
El rostro de Mark se congeló.
Mi corazón, por primera vez en años, comenzó a latir con un atisbo de esperanza.
El verdadero caos apenas estaba por comenzar.
Cuando escuché la palabra “policía”, mi respiración se aceleró. No sabía si debía sentir miedo o alivio. Mark dio un paso atrás, intentando mantener la compostura.
—Doctor, debe haber un malentendido —dijo con una sonrisa forzada—. Mi esposa es torpe, siempre se golpea con algo.
El doctor Ramírez no parpadeó.
—Una caída no explica marcas en las muñecas. Tampoco explica costillas que muestran signos de presión repetida. Y menos aún… —se agachó para mirar mi rostro— estos moretones que llevan días formándose.
Mark se tensó.
—¿Está insinuando que yo…?
—No insinúo —lo interrumpió el doctor—. Estoy afirmando.
La seguridad del hospital entró. Mark retrocedió instintivamente.
—Tocarán a mi esposa cuando yo lo diga —gruñó—. Ella es mía.
Ese “mía” fue suficiente para que el doctor diera la orden:
—Deténganlo.
Mientras Mark forcejeaba, sus ojos se clavaron en mí.