Antes de morir, tu madre te escribió y me pidió que usara ese dinero para asegurarte de que pudieras tomarte unas semanas libres cuando naciera el bebé. Sabía que tu empresa no ofrecía vacaciones pagadas y temía que tuvieras que trabajar sin parar. Quería que estuvieras presente, que no te perdieras el comienzo de la vida de tu hijo, como ella y tú de pequeños.
Ese golpe me dio en el corazón. Recordé cada conversación silenciosa entre mi madre y yo, su arrepentimiento por haberse perdido tantos momentos. Lucía, con lágrimas en los ojos, añadió:
«Me dio instrucciones precisas: este dinero es para Javier, para que pueda ser el padre que ella no pudo ser. Me rogó que no lo usara para nada más. Para nada».
Me quedé sin palabras. La culpa me invadió al darme cuenta de que casi la había obligado a traicionar el último deseo de mi madre. Lucía me tomó la mano.
Entiendo que quieras ayudar a tu hermana, de verdad. Pero este dinero no eran solo ahorros. Era un regalo. Una despedida. Un intento de reparar algo que siempre la había lastimado.
Sentí un nudo en la garganta. Nunca imaginé que la conversación llegaría a esto. Y, sin embargo, lo peor estaba por venir. Porque Lucía no había terminado.
“Y hay algo más que necesito decirte…”
Mis manos se enfriaron. El aire se volvió pesado.
“Algo que cambiará tu forma de pensar sobre estos últimos meses”.
Lucía respiró hondo y se levantó de la mesa. Caminó hacia el dormitorio y regresó con un sobre cerrado. Lo puso delante de mí.
Tu madre también me dio este sobre. Me pidió que te lo diera cuando creyera que era el momento adecuado. Y... creo que ahora es el momento.