“ME DUELE MUCHO, PAPÁ” — EL DESCUBRIMIENTO DEL MILLONARIO CAMBIÓ TODO

 

 

 

Carolina parpadeó rápido, conteniendo lágrimas.

—Quédate aquí sentada. No te muevas. Voy a hablar con Jimena.

Subió las escaleras de dos en dos. Abrió la puerta del cuarto principal sin tocar.

Jimena estaba recostada en una cama enorme, viendo una telenovela en una pantalla gigante. Maquillaje impecable. Pijama de seda. A un lado, una charola con restos de una merienda abundante: chocolates importados, fruta fresca, jugo recién exprimido.

Ni una sola señal de jaqueca. Solo comodidad.

—Esteban… llegaste temprano —dijo sin despegar los ojos de la televisión—. Pensé que tenías reuniones.

Él sintió que le temblaban las manos.

—Jimena… ¿por qué Carolina está abajo lavando platos con Mateo amarrado a su espalda?

Jimena hizo un gesto aburrido.

—Porque le pedí que me ayudara un poco. Me dolía la cabeza.

—Lleva diez horas cargando a mi hijo y limpiando toda la casa.

Jimena lo miró como si él fuera el exagerado.

—Mateo es su hermano. Es responsabilidad de ella ayudar.

—Carolina tiene nueve años. No es su responsabilidad cargar un bebé diez horas seguidas.

—Estás dramatizando, Esteban. Le pedí que hiciera unas tareas y vigilara al niño un rato.

 

 

 

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