"¡Volvemos a las siete!" gritó, ya dando marcha atrás.
Tiré de Noah y Jake para darles un abrazo de grupo y luego los llevé dentro. "Sentaos, chicos, y os traeré un tentempié".
Los chicos se acomodaron en la mesa, masticando en silencio, hasta que Noah levantó la mochila.
"El salón es todo vuestro", les dije.
Se esparcieron por la alfombra con determinación concentrada, colocando Legos como pequeños ingenieros. Les eché un vistazo una vez, vi que el castillo iba tomando forma y les dejé mientras empezaba a cenar.
Error de novato. Si los hubiera vigilado más a menudo, quizá habría evitado la crisis.
La cocina se llenó de olor a verduras asadas. Removí el arroz, miré el reloj y decidí volver a ver cómo estaban.
El salón estaba vacío.
Los llamé por sus nombres. Nada.
Del piso de arriba llegaba el leve roce de un movimiento y el tipo de risa que los niños intentan contener y fracasan estrepitosamente.
Subí las escaleras.
Al llegar arriba, una raya de color azul brillante en el marco de una puerta me detuvo en seco. Le siguió otra mancha de color, como si alguien hubiera arrastrado un pincel chorreante por la madera sin detenerse.