Mariana se despidió para ultimar los detalles de la demanda. Jimena se quedó sola, mirando la ciudad por el ventanal.
Sintió algo nuevo en el pecho: ligereza.
Durante años había cargado con la mentira, con las sospechas, con el dolor de mirar hacia otro lado. Esa noche, por fin, había soltado todo.
El teléfono de la oficina sonó.
—¿Sí? —contestó.
—Jime —dijo la voz de su socio—, acaban de confirmarnos lo del hotel en Guadalajara. Si firmamos esta semana, será el cuarto.
Ella sonrió.
—Perfecto. Cuéntame todo.
Seis meses después, Jimena se encontraba frente a otra cinta roja, tijeras en mano. Su cuarto hotel se inauguraba esa mañana, con prensa, inversionistas y cámaras por todos lados. El Belmont Reforma se había convertido en la joya de su pequeño imperio, famoso por su elegancia… y su discreción.
A su lado, revisando el programa con atención, estaba Nadia. Traje sastre beige, gafete que decía “Directora de Marketing”.
—No tenías que hacer esto por mí —le había dicho Nadia el día que Jimena le ofreció el puesto.
—Tú también fuiste engañada —respondió Jimena—. Y además eres buena en lo que haces. Creo en las segundas oportunidades. Nada más que hay quienes ya se acabaron las suyas.
Nadia había aceptado con lágrimas en los ojos.
Ahora, mientras los fotógrafos buscaban el mejor ángulo, Jimena pensó en la mujer que había sido: la que esperaba despierta viendo el reloj, la que creía sin pruebas, la que ponía su vida en pausa por los planes de otro.