—Jimena, lo siento —murmuró—. Sé que me equivoqué, pero podemos intentar…
—No —lo cortó, dura—. Lo de anoche no fue un “error”. Un error es olvidar un aniversario. Lo tuyo fue una elección repetida. Escogiste engañarme una y otra vez. Eso no se arregla con terapia de pareja ni con flores.
Mariana se levantó y le extendió una tarjeta.
—Aquí está mi contacto. Cuando tenga abogado, que se comunique conmigo —dijo—. Los términos están detallados en la demanda, pero la señora Briones puede resumirlos.
Jimena respiró hondo.
—Te quedas con tu coche, tu Afore y tus cosas personales —enumeró—. Yo me quedo con la casa, el portafolio de inversión y mis hoteles. Tú te haces cargo de tus deudas, incluyendo las tarjetas donde pagaste tus escapadas. Y en cuanto a nuestro “círculo social”, ya se encargará la gente de decidir con quién se queda cuando se enteren de por qué terminó nuestro matrimonio.
—¿Vas a contarle a todos? —preguntó él, asustado.
—No hace falta —respondió—. Los hoteles hablan, Tomás. Recepcionistas, gerentes, concierges… todos se conocen. Mañana en la mañana medio mundo sabrá que trajiste a tu amante al hotel de tu esposa. Es una historia demasiado jugosa para guardarla.
Él se levantó, dando manotazos al aire.
—Planeaste todo esto. Comprar el hotel, estar aquí justo hoy… Todo fue una trampa.
—Te equivocas —dijo Jimena, mirándolo de frente—. La compra del hotel fue un negocio. Que tú hayas escogido este justamente hoy… fue pura suerte. Para mí.
Tomás se quedó sin palabras.