Entonces, una sola palabra lo clavó al piso.
—Tomás.
Su nombre. Dicho en una voz que conocía mejor que la suya.
Se giró despacio, con el estómago cayéndole al suelo.
A unos diez pasos, de pie bajo la luz del lobby, estaba su esposa.
Jimena llevaba un traje sastre azul marino que él jamás le había visto, tacones elegantes y el cabello oscuro recogido en un chongo impecable. No era la mujer en mezclilla y mandil que lo recibía en casa. Llevaba en la cara la expresión serena y firme de alguien acostumbrada a mandar.
—Ji… Jimena —balbuceó él—. ¿Qué haces aquí?
Ella caminó hacia él con calma, sin prisa, como quien llega puntualmente a una reunión ya prevista.
—Soy la dueña de este hotel —respondió—. Desde el lunes en la mañana. ¿No te comenté que estaba haciendo unas inversiones?
La mano de Nadia se aflojó en su brazo. Lo miró a él, luego a Jimena, con horror creciente.
—¿Ella es tu esposa? —susurró.
—Sí —contestó Jimena, antes de que Tomás abriera la boca—. Soy la señora Briones. Y tú debes ser Nadia Pérez, ¿no? La coordinadora de marketing de la empresa de Tomás.
Nadia se puso blanca.