Cuando la bondad tiene un precio inmediato
Mi jefe estaba allí. Traje impecable. Mirada gélida.
Observó la escena un segundo antes de afirmar sin rodeos que ese tipo de comportamiento no tenía cabida en una empresa "seria". Diez segundos después, estaba vaciando mi oficina.
Me encontré allí, sin chaqueta, sin trabajo, con una moneda oxidada en la mano sudorosa. La mujer me miró con una extraña gravedad.
"Sabías lo que hacías", me dijo suavemente.
En ese momento no estaba tan seguro.
Dos semanas de espera…y dudas

Los días siguientes fueron largos. Envié solicitudes, hice llamadas y, poco a poco, fui agotando mis ahorros. Cada mañana, me preguntaba si esta acción espontánea no había sido el mayor error de mi vida.
Entonces, una mañana, una pequeña caja de terciopelo me esperaba en mi puerta.
Ninguna explicación. Ni una palabra.
Mi corazón latía demasiado rápido mientras lo sostenía. En el lateral, una estrecha abertura. Extrañamente familiar.
La obra.