La arrastraron al patio y la arrojaron a sus pies. Él tenía un látigo en la mano.
“¿Escondiste a mi hijo?”, rugió.
Benedita, de rodillas, levantó el rostro y no bajó los ojos. “Escondí. Sí, señor. La señora me mandó matarlo. No tuve valor. Preferí criarlo en el monte con hambre y frío, a dejarlo morir”.
La sinceridad desarmó a Tertuliano. Soltó el látigo. “¿Dónde está?”
“En la chavola vieja”, respondió ella.
“¡Traigan al niño aquí ahora!”, gritó el coronel a sus capangas.
Trajeron a Bernardo al patio al atardecer. El niño estaba descalzo, sucio y asustado. Vio a Benedita herida e intentó correr hacia ella, pero lo sujetaron. “¡Madre Benedita!”, gritó.
Tertuliano se acercó y observó al niño. Vio sus propios rasgos, el formato de los ojos, el mentón cuadrado. Era su hijo. Su sangre. La prueba viviente del secreto de su esposa.
Se giró y vio a Amelia llorando en la varanda. Algo se rompió dentro de él.
“Este niño es un Cavalcante”, declaró Tertuliano. Todos quedaron en silencio. “Tiene mi sangre. La sangre no se esconde”. Miró a Benedita. “Sálvaste a mi hijo. Mi esposa quiso matarlo. Por eso, estás libre. Te doy la libertad, y a tu hija también”.