Esa mañana, Richard Hamilton salió de su oficina con una tormenta en el pecho. Los contratos se amontonaban sobre su escritorio, su teléfono vibraba con llamadas sin respuesta, pero algo en su interior se rebelaba. Por una vez, no quería ahogarse en reuniones de la junta directiva ni perseguir otro acuerdo multimillonario. Quería saber qué pasaba en su casa cuando él no estaba.
Con ese pensamiento, cerró su portátil, cogió las llaves y condujo de vuelta a la mansión horas antes de lo esperado. En cuanto se abrieron las pesadas puertas de roble, Richard quedó paralizado. El sonido que lo recibió no fue silencio. No fueron regaños ni el nervioso arrastrar de pies. Fue una risa: sonora, desenfrenada, pura.
Sus ojos se clavaron en la escena de la sala y se quedó sin aliento. Angela Robinson estaba a cuatro patas, con su vestido azul brillante ondeando sobre la alfombra. A su espalda se aferraban sus tres hijos rubios, con las camisas a rayas arrugadas de emoción mientras gritaban al unísono: “¡Arre, Caballito! ¡Más rápido, señorita Angela!”, gritó Noah, aferrándose a sus hombros. Angela río mientras gateaba por la alfombra, con el pelo suelto bajo la gorra. Los niños brincaban en su espalda, con las caras radiantes y las voces llenas de vida.
A Richard se le encogió el pecho al observar. Sus tranquilos hijos, que no habían sonreído en meses, habían vuelto a la vida. Ethan fue el primero en verlo. “¡Papá!”, gritó, saltando del lomo de Ángela y corriendo al lado de su padre. Tiró de la mano de Richard con entusiasmo. “¡Ven a jugar con nosotros!”. Lucas y Noah también se acercaron, envolviéndose alrededor de las piernas de Richard hasta que casi tropezó. “¡Papá, tú también tienes que ser el caballo!”, suplicaron, con la voz alzada en una alegría desesperada.