—Debes de estar muerto. Te preparo una bebida —dijo, y se fue a la cocina.
Ana la vio sacar de su bolso un pequeño frasco y verter un polvo en el vaso. Esperó el momento exacto.
Cuando Julia regresó con el vaso y Lucas alargó la mano para tomarlo, Ana salió del pasillo.
—¡Espera! —gritó.
Lucas parpadeó.
—¿Dita? ¿Qué pasa?
Ana se puso entre él y el vaso.
—No puedes beber eso.
Julia casi dejó caer la bandeja.
—¿Te volviste loca? ¡Haz tu trabajo y cállate! —escupió.
Ana la miró fijo.
—Mi trabajo es proteger a mi hijo.
La sala se quedó en silencio. Julia empalideció.
—¿Tu… qué?