Era lo suficientemente grande para una familia, pero solo dos personas vivían allí. Cada habitación llevaba un recuerdo o una pizca de esperanza que nunca llegó del todo. El cuarto de bebé nunca había cambiado. Todavía estaba decorado como su esposa lo había diseñado antes de que naciera Clara.
Colores suaves, patrones de animales, una mecedora cerca de la cuna. Javier nunca lo había tocado después del accidente. A veces se quedaba allí un rato aferrándose a recuerdos que no podía soltar. Clara nunca mostró interés en la habitación. No exploraba, no hacía preguntas, ni siquiera parecía entender lo que era.
Javier había aceptado esta vida extraña y silenciosa, pero en el fondo todavía creía que algo podría cambiar. leía cada nuevo estudio sobre desarrollo infantil, hablaba con nuevos médicos y probaba nuevas técnicas, pero cada intento terminaba en decepción. Aún así, se negaba a rendirse por completo. Y así los días continuaron, lentos, pesados y mayormente silenciosos.
Javier seguía comprometido con Clara, aunque apenas dormía, y rara vez sentía paz. Todavía guiaba su mano durante las comidas, la sostenía suavemente mientras caminaban por el jardín y les susurraba cuentos para dormir con una voz llena de dolor y amor. Clara permanecía en silencio, su rostro mostrando poca expresión.
Su mirada siempre vacía y distante. Sin embargo, de vez en cuando apoyaba la cabeza contra su pecho solo por unos segundos. Esos pequeños momentos le daban a Javier la fuerza para seguir adelante. No sabía qué le deparaba el futuro, pero había hecho la promesa de protegerla sin importar qué.