Jared se inclinó hacia delante lo suficiente para elevar el volumen de sus palabras.
—Mire, señor —dijo, con una sonrisa aún más intensa—. Esta es una empresa seria. Contratamos profesionales. Gente que sabe vestirse para el trabajo. No sé qué hace aquí, pero quizá le convenga más probar en un taller mecánico.
La risa estalló a su alrededor. Olivia no la detuvo. Al contrario, parecía entretenida.
Sólo un par de ojos en ese vestíbulo vio algo diferente.
Una joven cercana ordenaba archivos en una pequeña estación cerca de la sala de espera. Llevaba un sencillo vestido azul marino y zapatos planos. Llevaba el pelo oscuro recogido en una coleta baja y su expresión era alerta sin nerviosismo. Su placa decía "Megan Ortiz - Asistente Administrativa".
Su rostro se tensó al observar la escena. Algo en su pecho se retorció.
—Disculpe, Sr. Cole… Sra. Grant —dijo Megan, acercándose. Su voz era baja, pero lo suficientemente firme como para ser escuchada—. Creo que deberíamos tratar a este caballero con más respeto. No sabemos quién es ni por qué está aquí.
Jared la miró como si ella acabara de interrumpir un discurso que estaba disfrutando.
—Megan, por favor —dijo, agitando la mano—. Vuelve a tus papeles. Esto no te incumbe.
Megan apretó los labios. Habría sido fácil guardar silencio, pero su conciencia no se lo permitió. En cambio, se volvió hacia Harold.
“Señor, ¿quiere un vaso de agua mientras espera?”, preguntó con una pequeña y genuina sonrisa.
Por primera vez desde que entró al edificio, la mirada de Harold se suavizó. Ese pequeño gesto de bondad en medio de tanta arrogancia lo alcanzó en un lugar que rara vez mostraba a nadie.